Cuando tenía catorce años y usaba todos los días una falda azul a cuadros con calcetas blancas tú te llamabas Miguel. Poco antes de las dos, y justo cuando la monja comenzaba a dictar las tareas para el día siguiente, me asomaba ansiosa por la ventana del salón encontrarte sentado al otro lado de la calle fumando bajo un árbol. Entonces, aliviada, guardaba mis libretas cubiertas de estampitas y letreros que rezaban tu nombre en las últimas páginas, me untaba los labios con brillo de fresa y me subía la falda para descubrirte mis muslos pálidos que en ese entonces apenas te dejaba tocar. Cruzaba la puerta del colegio y sorteaba a las compañeras que se amontonaban alrededor de los vendedores de raspados y jícamas con chile, cruzaba después la calle y el camellón y las mamás tocaban el claxón para apurar a las nenas que no terminaban de despedirse. Llegaba casi hasta a ti que repasabas distraído algún libro de derecho, me paraba en seco unos pasos antes para dejar que me vieras completa, cuando te llamabas Miguel te gustaba verme de lejos. Tiempo después, cuando mis muslos eran ya provincias de tu imperio, te levantabas de la cama y te recargabas en la pared para mirarme. No te muevas, me decías, quédate quieta, sólo me levanté para contemplarte. Siete años te llamaste Miguel, siete años esperé que dieran las dos de la tarde y luego las siete cuando salías del despacho y esperé que tocaras a mi puerta cada sábado para ir a rentar películas, esperé quieta mientras me mirabas y esperé a que terminaras y esperé cuando quisiste tiempo y esperé cuando volviste una y muchas veces. Esperé después que me buscaras, aún cuando sabía que no lo harías, o que te aparecieras un día con tu cigarro en la oreja afuera de mi Facultad y yo aburrida del poema del Mio Cid volteara hacia la calle y chocara contigo. Y seguí esperando aunque ya no te llamabas Miguel, aunque ya no tenías nombre ni rostro, ni olor a tabaco. Yo te esperaba.
Después te llamaste Josué. Entonces mis ganas aún buscaban su causa y su cauce. Pasábamos tardes enteras discutiendo de cualquier cosa, nos encantaba llevarnos la contraria. Yo te acusaba de reaccionario y tú te burlabas de mi idealismo ingenuo, me explicabas como funcionaban en realidad las cosas, desde los sistemas políticos hasta mi computadora. Dijiste una vez que todo tenía una explicación menos yo. Te gustaba cuando te preguntaba cosas, cuando llegaba de la universidad y te decía que había estado pensando en ésto y en aquéllo y que quería saber tu opinión. Yo te leía poesía y tú decías que no la comprendías, tú me leías las noticias y yo te replicaba lo mismo. Luego nos besábamos y todo lo demás eran sólo palabras. Inventamos una señal secreta para decirnos que nos queríamos en público sin que nadie se enterara y nos divertíamos alterándola, al final habíamos creado casi todo un lenguaje de señas sólo para nosotros. Recuerdo que te observaba en las reuniones a las que íbamos. Siempre rodeado de chicas que no paraban de reír y también de sonreírte al escucharte. Esperaba que me hicieras esa señal a lo lejos, adivinaba el momento en que levantarías la mano o desviarías la mirada hacia donde yo comenzaba a coser mi mortaja. Cuando te llamaste Josué te gustaba que te cocinara, que te me acostara sobre tus rodillas en el sillón a ver alguna serie y que te cantara antes de dormir. Cuando te llamaste Josué esperaba que llegaras todos los días con la mesa puesta, esperaba un mensaje, una llamada cuando nos separábamos cada fin de semana, esperaba que me acompañaras un día con mis amigos, que conocieras a mi padre, que viajáramos juntos a todos esos lugares que planeamos, esperaba que te fueras a acostar y a veces amanecía y tú seguías en el escritorio y yo muerta de frío. Esperaba que recordaras que el de cajeta era mi helado favorito. Aún cuando tomé mi maleta y dejaste de llamarte Josué me fui esperándote.
Desde entonces quise ponerte varios nombres, Antonio, Christian, Alejandro... ninguno te ajustaba del todo. Esperaba frente a mi computadora a que tu estado cambiara a conectado en el chat o en el jardín de casa de mi madre a que tocaras el claxon, tejía y destejía mis esperanzas mirando la pantalla, el reloj, el celular, la ventana... Luego pasó que dejé de esperarte, que abandoné la posibilidad de que aparecieras y me dediqué a terminar de una vez mi sudario. Pero sabía en el fondo, como presagio inevitable, que un día, en contra de todo pronóstico e incluso de mi propia voluntad, te reconocería de nuevo entre la gente. Y tú al mirarme entenderías de inmediato que otra vez me habías encontrado y que sólo así podrías volver a dejar Itaca, porque sabes que estoy aquí, esperando.
Después te llamaste Josué. Entonces mis ganas aún buscaban su causa y su cauce. Pasábamos tardes enteras discutiendo de cualquier cosa, nos encantaba llevarnos la contraria. Yo te acusaba de reaccionario y tú te burlabas de mi idealismo ingenuo, me explicabas como funcionaban en realidad las cosas, desde los sistemas políticos hasta mi computadora. Dijiste una vez que todo tenía una explicación menos yo. Te gustaba cuando te preguntaba cosas, cuando llegaba de la universidad y te decía que había estado pensando en ésto y en aquéllo y que quería saber tu opinión. Yo te leía poesía y tú decías que no la comprendías, tú me leías las noticias y yo te replicaba lo mismo. Luego nos besábamos y todo lo demás eran sólo palabras. Inventamos una señal secreta para decirnos que nos queríamos en público sin que nadie se enterara y nos divertíamos alterándola, al final habíamos creado casi todo un lenguaje de señas sólo para nosotros. Recuerdo que te observaba en las reuniones a las que íbamos. Siempre rodeado de chicas que no paraban de reír y también de sonreírte al escucharte. Esperaba que me hicieras esa señal a lo lejos, adivinaba el momento en que levantarías la mano o desviarías la mirada hacia donde yo comenzaba a coser mi mortaja. Cuando te llamaste Josué te gustaba que te cocinara, que te me acostara sobre tus rodillas en el sillón a ver alguna serie y que te cantara antes de dormir. Cuando te llamaste Josué esperaba que llegaras todos los días con la mesa puesta, esperaba un mensaje, una llamada cuando nos separábamos cada fin de semana, esperaba que me acompañaras un día con mis amigos, que conocieras a mi padre, que viajáramos juntos a todos esos lugares que planeamos, esperaba que te fueras a acostar y a veces amanecía y tú seguías en el escritorio y yo muerta de frío. Esperaba que recordaras que el de cajeta era mi helado favorito. Aún cuando tomé mi maleta y dejaste de llamarte Josué me fui esperándote.
Desde entonces quise ponerte varios nombres, Antonio, Christian, Alejandro... ninguno te ajustaba del todo. Esperaba frente a mi computadora a que tu estado cambiara a conectado en el chat o en el jardín de casa de mi madre a que tocaras el claxon, tejía y destejía mis esperanzas mirando la pantalla, el reloj, el celular, la ventana... Luego pasó que dejé de esperarte, que abandoné la posibilidad de que aparecieras y me dediqué a terminar de una vez mi sudario. Pero sabía en el fondo, como presagio inevitable, que un día, en contra de todo pronóstico e incluso de mi propia voluntad, te reconocería de nuevo entre la gente. Y tú al mirarme entenderías de inmediato que otra vez me habías encontrado y que sólo así podrías volver a dejar Itaca, porque sabes que estoy aquí, esperando.
7 comentarios:
¡Es la mejor prosa que he leído en mucho tiempo!Eres grande.
Te comento como anónimo porque no me gustan los chismosos y porque, chulada de mujer, ya sabes quien soy.
En serio, tienes una sensibilidad difícil de encontrar y sabes plasmarla muy bien. Me cautivó cada línea de tu texto.
Un gran abrazo y enhorabuen por mi cuatísimo que te conquistó.
HERMOSO, HERMOSÍSIMO.
Anónimo 1: Muchas gracias por la visita y el comentario pero no estoy tan segura de quién eres -tu cuatísimo tiene muchos cuatísimos- aunque me lo puedo imaginar. Un abrazo y toda la vibra.
Anónimo 2: Gracias. :)
Querida señorita:
Le comentaré que es una de las ocasiones en que más he disfrutado leer su blog, creo que lo suyo es esto, a la gaver lo demás,
Espero más entradas de estas.
Atte.
Oyuki, de CD. Juárez.
le pido su ayuda de nuevo por favor? necesito mi textito jejeje
¿Nunca se llamó Farid? Siempre tuve la idea de que terminarían casándose, teniendo hijos actores y siendo una pareja de ensueño. Jajá.
Tany, qué bonito lo que escribes.
"Provincias de tu imperio". Me encantó.
Y la intención, genial.
Las cosas aparecen cuando uno deja de buscarlas, dicen.
Oyuki: Muchas gracias nena pero por ahora debo de perseguir el bisté y este blog que tanto quiero por desgracia no me da de comersh.
Marco: Te juro que hoy en la tarde noche te mando mi minificción, lo juro lo juro.
Mar: Farid se probó el traje de Ulises un rato, tienes razón, pero decidimo que éramos más amigos casi casi carnales que otra cosa. Afortunadamente lo seguimos siendo, ahora él tiene una nena preciosa de la que soy una orgullosa y presumida tía. Lo que sí extraño locamente es actuar con él...
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