Yo no fui una niña feliz. No tengo excusas para no haberlo sido, hijos de padres divorciados habemos muchísimos y la verdad es que mis padres me quisieron mucho de la única forma en que sabían querer. No me faltaron los juguetes, que si bien nunca me parecieron suficientes reconozco que fueron más de los que creí poder merecer y definitivamente muchos más de los que mis padres creyeron poder pagar. Tampoco me faltaron los amigos ni los jardines ni las mascotas ni las escondidas o las traes. Pero lo cierto es que yo no fui una niña feliz. Lloraba mucho y todo me angustiaba, la muerte, Dios, los pobres, la guerra, el fin del mundo, los fantasmas, que algo malo le pasara a mi familia, que atropellaran a mi perro, que se me perdiera mi barbie favorita, que me dijeran llorona, todo.
En la adolescencia dejé de llorar y me volví amiguera y extrovertida, salía todos los días con todo el mundo y adopté una actitud valemadrista ante cualquier cosa que no incluyera al sexo opuesto. Tuve muchos novios, fumaba y mis amigas decían que era de lo más cool (así decían, cool). Mis papás, aliviados supongo, me dejaron ser a mis anchas. Fui a todas las fiestas y a todas las reuniones, nunca me dijeron que no a nada. Tuve la ropa y los discos que quise y hasta los que no quise. Mis amigas se la pasaban en mi casa toda la tarde y se quedaban a dormir los fines de semana, el tipo más guapo con el que todas querían era mi novio y además en la escuela siempre obtenía dieces y diplomas. Sin embargo, tampoco fui feliz. Nunca lo decía pero cuando me quedaba sola en mi cuarto me daban unas ganas inmensas de llorar (pero ya no lloraba) y volvía la angustia a comerme la panza. Entonces agarraba el teléfono y marcaba algún número de memoría. Antes de que me contestaran ya estaba sonriendo con la garganta clara.
Cuando me fui a la universidad mi mamá me ayudó a mudarme, me compró cosas para mi nueva casa y pasó todo un fin de semana limpiando y desempacando conmigo. Yo tenía dieciocho años y me sentía un adulto. En Guanajuato viví el paquete completo. Me emborraché, me quedé sin un peso, llegué sin haber dormido a clase de ocho, pasé hambres, hice el ridículo varias veces, me robé un auto, hice amigos, algunos pasajeros y otros para siempre, me quedé sin lugar para vivir un par de veces, me desvelé haciendo trabajos con una chela en mano, abusé del red bull, me gradué. Toda la experiencia universitaria. Y sí, tampoco fui feliz.
Ahora me levanto a las siete de la mañana para irme a la chamba y llego a mi casa pasadas las seis si el tráfico me lo permite, ah, y por supuestísimo nunca traigo un peso. Hace más de un mes que no voy a una fiesta, ni qué decir de tomarme una cerveza. Tengo amigos (poquísimos) que prefieren ir por un un café, al cine o a caminar un rato y dormirse temprano. Estoy enamorada (muchísimo) y por primera vez no hay dramatismo ni pleitos ni gritos ni lágrimas. Se podría decir que mi vida es de lo más aburrida pero, aunque ni yo misma sepa exactamente cómo pasó, soy una mujer sumamente feliz. La más.
En la adolescencia dejé de llorar y me volví amiguera y extrovertida, salía todos los días con todo el mundo y adopté una actitud valemadrista ante cualquier cosa que no incluyera al sexo opuesto. Tuve muchos novios, fumaba y mis amigas decían que era de lo más cool (así decían, cool). Mis papás, aliviados supongo, me dejaron ser a mis anchas. Fui a todas las fiestas y a todas las reuniones, nunca me dijeron que no a nada. Tuve la ropa y los discos que quise y hasta los que no quise. Mis amigas se la pasaban en mi casa toda la tarde y se quedaban a dormir los fines de semana, el tipo más guapo con el que todas querían era mi novio y además en la escuela siempre obtenía dieces y diplomas. Sin embargo, tampoco fui feliz. Nunca lo decía pero cuando me quedaba sola en mi cuarto me daban unas ganas inmensas de llorar (pero ya no lloraba) y volvía la angustia a comerme la panza. Entonces agarraba el teléfono y marcaba algún número de memoría. Antes de que me contestaran ya estaba sonriendo con la garganta clara.
Cuando me fui a la universidad mi mamá me ayudó a mudarme, me compró cosas para mi nueva casa y pasó todo un fin de semana limpiando y desempacando conmigo. Yo tenía dieciocho años y me sentía un adulto. En Guanajuato viví el paquete completo. Me emborraché, me quedé sin un peso, llegué sin haber dormido a clase de ocho, pasé hambres, hice el ridículo varias veces, me robé un auto, hice amigos, algunos pasajeros y otros para siempre, me quedé sin lugar para vivir un par de veces, me desvelé haciendo trabajos con una chela en mano, abusé del red bull, me gradué. Toda la experiencia universitaria. Y sí, tampoco fui feliz.
Ahora me levanto a las siete de la mañana para irme a la chamba y llego a mi casa pasadas las seis si el tráfico me lo permite, ah, y por supuestísimo nunca traigo un peso. Hace más de un mes que no voy a una fiesta, ni qué decir de tomarme una cerveza. Tengo amigos (poquísimos) que prefieren ir por un un café, al cine o a caminar un rato y dormirse temprano. Estoy enamorada (muchísimo) y por primera vez no hay dramatismo ni pleitos ni gritos ni lágrimas. Se podría decir que mi vida es de lo más aburrida pero, aunque ni yo misma sepa exactamente cómo pasó, soy una mujer sumamente feliz. La más.
(Ajá, mi pelo ya no es ni largo ni rojo y no lo extraño ni poquito.)

