26 de septiembre de 2009

Yo no fui una niña feliz. No tengo excusas para no haberlo sido, hijos de padres divorciados habemos muchísimos y la verdad es que mis padres me quisieron mucho de la única forma en que sabían querer. No me faltaron los juguetes, que si bien nunca me parecieron suficientes reconozco que fueron más de los que creí poder merecer y definitivamente muchos más de los que mis padres creyeron poder pagar. Tampoco me faltaron los amigos ni los jardines ni las mascotas ni las escondidas o las traes. Pero lo cierto es que yo no fui una niña feliz. Lloraba mucho y todo me angustiaba, la muerte, Dios, los pobres, la guerra, el fin del mundo, los fantasmas, que algo malo le pasara a mi familia, que atropellaran a mi perro, que se me perdiera mi barbie favorita, que me dijeran llorona, todo.

En la adolescencia dejé de llorar y me volví amiguera y extrovertida, salía todos los días con todo el mundo y adopté una actitud valemadrista ante cualquier cosa que no incluyera al sexo opuesto. Tuve muchos novios, fumaba y mis amigas decían que era de lo más cool (así decían, cool). Mis papás, aliviados supongo, me dejaron ser a mis anchas. Fui a todas las fiestas y a todas las reuniones, nunca me dijeron que no a nada. Tuve la ropa y los discos que quise y hasta los que no quise. Mis amigas se la pasaban en mi casa toda la tarde y se quedaban a dormir los fines de semana, el tipo más guapo con el que todas querían era mi novio y además en la escuela siempre obtenía dieces y diplomas. Sin embargo, tampoco fui feliz. Nunca lo decía pero cuando me quedaba sola en mi cuarto me daban unas ganas inmensas de llorar (pero ya no lloraba) y volvía la angustia a comerme la panza. Entonces agarraba el teléfono y marcaba algún número de memoría. Antes de que me contestaran ya estaba sonriendo con la garganta clara.

Cuando me fui a la universidad mi mamá me ayudó a mudarme, me compró cosas para mi nueva casa y pasó todo un fin de semana limpiando y desempacando conmigo. Yo tenía dieciocho años y me sentía un adulto. En Guanajuato viví el paquete completo. Me emborraché, me quedé sin un peso, llegué sin haber dormido a clase de ocho, pasé hambres, hice el ridículo varias veces, me robé un auto, hice amigos, algunos pasajeros y otros para siempre, me quedé sin lugar para vivir un par de veces, me desvelé haciendo trabajos con una chela en mano, abusé del red bull, me gradué. Toda la experiencia universitaria. Y sí, tampoco fui feliz.

Ahora me levanto a las siete de la mañana para irme a la chamba y llego a mi casa pasadas las seis si el tráfico me lo permite, ah, y por supuestísimo nunca traigo un peso. Hace más de un mes que no voy a una fiesta, ni qué decir de tomarme una cerveza. Tengo amigos (poquísimos) que prefieren ir por un un café, al cine o a caminar un rato y dormirse temprano. Estoy enamorada (muchísimo) y por primera vez no hay dramatismo ni pleitos ni gritos ni lágrimas. Se podría decir que mi vida es de lo más aburrida pero, aunque ni yo misma sepa exactamente cómo pasó, soy una mujer sumamente feliz. La más.


(Ajá, mi pelo ya no es ni largo ni rojo y no lo extraño ni poquito.)


17 de septiembre de 2009

niñas que no usaban zapatos

A los doce años pasaba toda la mañana del sábado pegada a mi grabadora escuchando el Top 20 de canciones de la semana con un dedo en el botón Play y el otro en Rec. La mayoría de los miles de cassettes que grabé durante mi pubertad se perdieron en fiestas y pijamadas en casa de mis amigas, se los regalé dedicadísimos a mis noviecitos (que nomás fueron dos y sólo uno me besó "de lengüíta") o se extraviaron junto con muchas otras reliquias (como mi colección de etiquetas) en una de las tantas mudanzas de esta vida de nómada que me ha tocado llevar. Todos excepto uno. A estas alturas el Pollo estará pensando que por supuestísimo me refiero a Nimrood de Greenday. Te equivocas Pollito, desgraciadamente ese lo perdí cuando me fuí de Guanajuato a casa de mi mamá o cuando me vine de allá al DF...

El único cassette que aún conservo es Pies descalzos de Shakira. Porque verán, yo de niña no escuchaba a Nina Simone y tampoco fui un baby Mozart, yo escuchaba lo que ponían en el radio, lo que escuchaban mis compañeritas del salón y mis vecinas, pero de todo eso lo que más más más me gustaba era Shakira. Me gustaban sus letras, su manera tan original de impostar la voz, su look rocker, su acento en las entrevistas, me gustaba que estaba gordibuenísima y que no sólo cantara sino que también tocara la guitarra. En fin, era tan pero tan su fan (y no me da penita decirlo) que a los 14 años me compré todo un outfit idéntico al que ella usó en el Unplugged y hasta me teñí el cabello igual.

A mi novio de entonces, que me regaló el primer CD de Shakira que tuve en la vida, le canté montones de veces cuando éramos felices y Moscas en la casa cuando peleábamos. Lloré noches enteras escuchando una y otra vez completito Dónde están los ladrones. No recuerdo exactamente por qué lloraba pero recuerdo a la perfección que ese es un disco para llorar agusto, sobretodo, sobretodísimo al escuchar Inevitable.

Fue cuando entré a la universidad que le perdí a Shaki la pista. Mis pretenciones intelectualosas dieciochoañeras me decían que era mucho más chido escuchar música un poco más underground para poder iniciar una conversación sorprendiendo a todo el mundo con la infalible: "¿Has escuchado a (inserte grupo de nombre preferentemente impronunciable)?" Fue así como me alejé de la colombiana y comencé a escuchar músicos "de adeveras" mucho más ad hoc con mi recién estrenado estatus de estudiante de humanidades. Sin embargo, aun que le mentaba la madre en público, en privado seguía viendo MTV y no faltaba la ocasión en que apareciera de pronto en pantalla una rubia, delgadísima y angloparlante Shakira, imagen a la cual yo interpelaba mentalmente con un "¿Qué te has hecho? ¡Vendida!" y ella respondía con un más indignado "Cállate cínica. ¿ Y esos aretes? ¿Y esa ropa de manta? ¿De dónde te salió a ti lo indígena? ¡Vendida tú!" Ruborizadas las dos por nuestras metamorfosis recordábamos de golpe todo el cariño que nos tuvimos y todas las fiestas y todas las lágrimas. Regularmente esos encuentros televisivos terminaban con nosotras sentadas en alguna banqueta del barrio en el que crecí esperando a que saliera el Pollo para irnos a fumar a escondidas o escribiendo poemas horrendos o deseando crecer para irnos lejos a extrañar.

Shakira y yo, pues, siempre nos habíamos perdonado nuestras falsedades. Yo la dejaba mover el culo semidesnudo en paz y ella me dejaba inventarme que a mi desde niña me gustaba Chopin. Yo le perdoné que cada vez estuviera más güera y más flaca y ella me perdonó mi esnobismo, mis aires de grandeza y mi supuesta intelectualidad. Sin embargo, hace meses que de verdad no miro televisión, debido más que nada a que ya no tengo cable, pero todas las mañanas cuando nos estamos arreglando para ir al trabajo mi roomie pone el radio, fue así como escuché hace unos días La loba. Al principio no pude creer que se trataba de Shaki, mi Shaki, pero sí, un mínimo dejo de su antiguo timbre de voz me lo confirmó. Entonces corrí a Youtube a buscar el video y crucé los dedos mientras se cargaba. Al fin lo ví, una y otra vez, con incredulidad, con vergüenza, con tristeza. Shaki, me has roto el corazón. Esta vez no se si puedas perdonarme.

14 de septiembre de 2009

RESUMEN DE MI SEMANA O BREVE Y SENTIDO AVISO AL MAGISTERIO DEL DF

Estimados profesores de nivel básico y medio superior del Distrito Federal y Zona Metropolitana:

Se les comunica atentamente que el departamento de servicios educativos del museo NO es una escuela para alumnitos problema de profesores HOLGAZANES. Así que se les suplica de la manera más atenta que dejen de enviárnoslos para que hagamos en un día lo que ustedes no han podido hacer en todo un ciclo escolar. Sin contar el hecho de que lo que menos les interesa a los pubertos es la historia del arte y no desaprovechan ocasión alguna para hacerlo evidente, de la manera más diplomática posible claro está, gritando, empujándose, interrumpiendo las explicaciones, corriendo y desatendiendo las indicaciones.

Así mismo, me gustaría hacer de su conociemiento que mi labor esta semana en la sala del siglo XIX consistía estrictamente en explicar las diversas corrientes artísticas, influencias, escuelas y artistas representativos de ese siglo y por supuesto responder cualquier duda respecto a los objetos que se exhiben en sala. NADA MÁS. Mi labor no es explicar las guerras contra Francia y EU, ni la perdida de Texas y la Meseta, ni las Leyes de Reforma, ni la Constitución del 57. NADA DE ESO. Si hubiera querido ser profesora de historia hubiera sido profesora de historia PERO ESO NO ES LO QUE SOY.

Por su atención, gracias.

9 de septiembre de 2009

Escampada

Hoy volvió a llover. A las cuatro treinta y siete de la tarde nos golpeó de nuevo el agua y caprichosa hizo su cauce por donde le dio la gana. Un par de salas del museo ostentaron un irrefrenable riachuelo natural, el metro se inundó casi 40 centímetros y la ciudad quedó paralizada por horas debido a los estragos de la tromba.

Como a las seis me atreví a salir del museo cuando ya sólo caían unas plumitas que hacían cosquillas en la nariz. Caminé por la alameda encharcada y semi desierta hasta Bellas Artes que lucía más blanca que nunca. Sólo unos cuantos desconfiados seguían guareciéndose en la entrada pero en lugar de portar el gesto habitual de rehén de la lluvia parecían cómodos platicando contra los pilares.

Las lozas cubiertas de agua formaron un enorme espejo que revelaba a las nubes abriéndose para ofrendar un cielo azulísimo y limpio. El mundo es otro después de la lluvia, pensé, y los versos de René Morales, a quien recién conozco hace unas semanas pero me bastaron dos noches para saber entrañable, salieron musitados de mi boca casi sin darme cuenta:

Le hemos desagradado a Dios hasta la náusea.

Afortunadamente la fiesta ha terminado
y una lluvia suave de noche se tiende sobre las calles.

Como si todo se quisiera lavar.
Como si Dios por alguna razón extraña
insistiera en darnos una segunda oportunidad.

Hoy, frente al azul del cielo derramado sobre el piso, a pesar de mis constantes berrinches y corajes en su contra, a pesar de que me había tenido muy triste en estos días y a pesar incluso de ella misma, yo también le dí una segunda oportunidad a la humanidad.

6 de septiembre de 2009

Aquí aquí

Pues nada ya van varias veces en esta semana que pienso que mi próximo post tratará de tal o cual cosa. He posteado mentalmente un montón de veces, pero, cuando llego a mi casa, o estoy muy cansada o muy hambrienta o tengo visitas o todas las anteriores. Entonces el post se me olvida o me da flojera o ya no me gusta o todas las anteriores. Recuerdo que a principios de semana quería escribir sobre una chica que fue al museo y se tardó cerca de una hora observando una papelera del siglo XVII. Después de que le explicara detalladamente lugar de origen, materiales, técnicas y motivos del grabado y demás necesades, me siguió preguntando si sabía a quién había pertenecido antes que a Franz Mayer (sip, ahí trabajo) y si le podía indicar cuál era el cajoncito secreto y cómo se abría. Le indiqué la ubicación del cajón y le expliqué que no estaba autorizada para abrirlo porque antes debía llamar al dpto. de colecciones y solicitarlo con el museógrafo y blablabla... La chica dejó de escucharme y se quedó mirando el lugar del cajoncito fijamente. Al principio me pareció divertido pero la verdad terminó por darme un poco de miedo su obsesión. No me di cuenta en qué momento se fue porque estaba muy ocupada con un grupito de niños que fueron enviados por su flojísimo profesor a que les diéramos clases de historia por él. Chale.

Después quise escribir de que estoy a punto de hacer mi examen recepcional y estoy nerviosa y después quise escribir acerca de que se fueron las gatas y no han vuelto y estamos preocupadas por ellas. También pensé en escribir sobre, en fin harta cosa pues pero poco tiempo, me voy ya. Mañana es mi día libre y me la pasaré echada en la cama comiendo porquerías pero hoy toca desvelarme, esta vez unicamente con fines recreativos. ¡Yei!

29 de agosto de 2009

Chale

Digamos, hipotéticamente claro está, que trabajas en un museo. Y que el sábado, uno de los días más concurridos, te toca... Mmm digamos que la sala de pintura flamenca y por falta de personal también te toca la de pintura novohispana. Entonces tú estás ahí parada con un tacón del doce y claramente escuchas los gritos horrorizados de los dedos de tus pies que se retuercen dentro de esos instrumentos de tortura llamados stilettos. A pesar de todo tú sonries a los visitantes y les haces saber que estás ahí para responder a todas sus dudas. Tú trabajo en salas es... Pues es un poco contradictorio. Tienes que cuidar a como de lugar cada una de las piezas, tienes que conocerlas, quererlas y protegerlas. Pero al mismo tiempo tienes que cuidar al visitante, saludarlo amablemente, guiarlo y hacerlo sentir cómodo aun cuando le pides que aleje su asqueroso dedo del precioso Juan Correa del siglo XVII que parece pintado apenas ayer.

Digamos ahora que haces todo lo posible, ya no sientes el dedo meñique del pie izquierdo y lo prefieres así porque el del derecho te está matando lentamente. Las dos salas están llenas a reventar, la gente señala, cuchichea, se detiene frente a La visita del médico y comenta su belleza. Tú sonríes orgullosa, no sabes exactamente por qué pero te da orgullo que comenten la belleza de tus pinturas. Ajá, tuyas. Estás ahí, dispuesta a compartir y revelar todos y cada uno de los secretos de esa sala, secretos que te has esforzado en aprender y atesorar. Al principio los visitantes son muy tímidos, se debaten entre acercarse a preguntar o marcharse con la duda. Tú les sonríes de nuevo para darles confianza, estás ansiosa por explicarles por ejemplo aquella pintura, esa de la esquina mal iluminada que es desde el primer día tu consentida, una alegoría brasileña hecha por un holandés en el siglo XVII (¿y la globalización es cosa de la posmodernidad?).

Digamos también que al fin los visitantes comienzan a acercarse a ti lentamente, tú caminas a su encuentro emocionada y... Sí, es así como pasas toda la mañana dando instrucciones para llegar al baño, a la cafetería, al estacionamiento o a otras exposiciones mucho más fantásticas y mucho menos novohispanas y flamencas.

27 de agosto de 2009

Ahora

El ahora se parece a la nada, dijo Chantall Maillard, sin comienzo, sin proyecto, sin más allá. Ahora, ahora, ahora.

Ahora por ejemplo, sostengo una taza de leche en la que lentamente se hunde un puño de galletas de animalitos. Quién sabe cuál flotará al último, la teoría del caos en su máxima expresión. Ahora pienso que mi camisa está arrugada y que no me va a dar tiempo de cambiarme en el museo (sip, ayer entré a trabajar a un museo, my dream job desde niña ¡yei!). Ahora sorbo mi leche y atrapo una galleta remojada con la lengua, le exprimo la leche contra mi paladar y trago.

Ahora la casa se inunda con el olor de las croquetas de papa con queso que Amanda está cocinando y que me llevaré mañana en el tupper amarillo a mi trabajo. Doy otro sorbo a mi leche y estoy por irme a mi cama, que me espera destendida y con las sábanas sin lavar. El ahora se parece a la felicidad.