15 de agosto de 2009

Ulises

Cuando tenía catorce años y usaba todos los días una falda azul a cuadros con calcetas blancas tú te llamabas Miguel. Poco antes de las dos, y justo cuando la monja comenzaba a dictar las tareas para el día siguiente, me asomaba ansiosa por la ventana del salón encontrarte sentado al otro lado de la calle fumando bajo un árbol. Entonces, aliviada, guardaba mis libretas cubiertas de estampitas y letreros que rezaban tu nombre en las últimas páginas, me untaba los labios con brillo de fresa y me subía la falda para descubrirte mis muslos pálidos que en ese entonces apenas te dejaba tocar. Cruzaba la puerta del colegio y sorteaba a las compañeras que se amontonaban alrededor de los vendedores de raspados y jícamas con chile, cruzaba después la calle y el camellón y las mamás tocaban el claxón para apurar a las nenas que no terminaban de despedirse. Llegaba casi hasta a ti que repasabas distraído algún libro de derecho, me paraba en seco unos pasos antes para dejar que me vieras completa, cuando te llamabas Miguel te gustaba verme de lejos. Tiempo después, cuando mis muslos eran ya provincias de tu imperio, te levantabas de la cama y te recargabas en la pared para mirarme. No te muevas, me decías, quédate quieta, sólo me levanté para contemplarte. Siete años te llamaste Miguel, siete años esperé que dieran las dos de la tarde y luego las siete cuando salías del despacho y esperé que tocaras a mi puerta cada sábado para ir a rentar películas, esperé quieta mientras me mirabas y esperé a que terminaras y esperé cuando quisiste tiempo y esperé cuando volviste una y muchas veces. Esperé después que me buscaras, aún cuando sabía que no lo harías, o que te aparecieras un día con tu cigarro en la oreja afuera de mi Facultad y yo aburrida del poema del Mio Cid volteara hacia la calle y chocara contigo. Y seguí esperando aunque ya no te llamabas Miguel, aunque ya no tenías nombre ni rostro, ni olor a tabaco. Yo te esperaba.

Después te llamaste Josué. Entonces mis ganas aún buscaban su causa y su cauce. Pasábamos tardes enteras discutiendo de cualquier cosa, nos encantaba llevarnos la contraria. Yo te acusaba de reaccionario y tú te burlabas de mi idealismo ingenuo, me explicabas como funcionaban en realidad las cosas, desde los sistemas políticos hasta mi computadora. Dijiste una vez que todo tenía una explicación menos yo. Te gustaba cuando te preguntaba cosas, cuando llegaba de la universidad y te decía que había estado pensando en ésto y en aquéllo y que quería saber tu opinión. Yo te leía poesía y tú decías que no la comprendías, tú me leías las noticias y yo te replicaba lo mismo. Luego nos besábamos y todo lo demás eran sólo palabras. Inventamos una señal secreta para decirnos que nos queríamos en público sin que nadie se enterara y nos divertíamos alterándola, al final habíamos creado casi todo un lenguaje de señas sólo para nosotros. Recuerdo que te observaba en las reuniones a las que íbamos. Siempre rodeado de chicas que no paraban de reír y también de sonreírte al escucharte. Esperaba que me hicieras esa señal a lo lejos, adivinaba el momento en que levantarías la mano o desviarías la mirada hacia donde yo comenzaba a coser mi mortaja. Cuando te llamaste Josué te gustaba que te cocinara, que te me acostara sobre tus rodillas en el sillón a ver alguna serie y que te cantara antes de dormir. Cuando te llamaste Josué esperaba que llegaras todos los días con la mesa puesta, esperaba un mensaje, una llamada cuando nos separábamos cada fin de semana, esperaba que me acompañaras un día con mis amigos, que conocieras a mi padre, que viajáramos juntos a todos esos lugares que planeamos, esperaba que te fueras a acostar y a veces amanecía y tú seguías en el escritorio y yo muerta de frío. Esperaba que recordaras que el de cajeta era mi helado favorito. Aún cuando tomé mi maleta y dejaste de llamarte Josué me fui esperándote.

Desde entonces quise ponerte varios nombres, Antonio, Christian, Alejandro... ninguno te ajustaba del todo. Esperaba frente a mi computadora a que tu estado cambiara a conectado en el chat o en el jardín de casa de mi madre a que tocaras el claxon, tejía y destejía mis esperanzas mirando la pantalla, el reloj, el celular, la ventana... Luego pasó que dejé de esperarte, que abandoné la posibilidad de que aparecieras y me dediqué a terminar de una vez mi sudario. Pero sabía en el fondo, como presagio inevitable, que un día, en contra de todo pronóstico e incluso de mi propia voluntad, te reconocería de nuevo entre la gente. Y tú al mirarme entenderías de inmediato que otra vez me habías encontrado y que sólo así podrías volver a dejar Itaca, porque sabes que estoy aquí, esperando.

2 de agosto de 2009

No extraño, no puedo extrañar Guanajuato. No hay nada que extrañar de Guanajuato. Guanajuato sucio, herrumbroso, rancio. Guanajuato alcantarilla, jaula pétrea, inmenso vientre de barro que lentamente nos cocina. No, no puedo extrañar la pintura desprendiéndose como piel muerta de los callejones, las nubes de moscas y la mierda de los perros. Sería una necedad sentir nostalgia por los índices contaminados y moralinos, por los rezos de las señoras a las tres de la tarde, por el rencor del que se alimentan mis primeros años.

No, no extraño el aliento de mi casa, el moho incombatible que se te pegaba incluso a los huesos, ni el olor a guayaba podrida de mi patio. Ni las heladas mañanas en esa herida de la sierra que era mi facultad, cuando la neblina hacía que todo pareciera un sueño. No extraño tampoco a mis amigos, los pocos, ni aun el consuelo, esa comprensión infinita que ofrece la boca húmeda de una caguama compartida al borde del alba. No lo extraño a él, el único que pasó en silencio su mano a lo largo de mi cara y la detuvo certera sobre mi pecho. Porque es estúpido extrañar su espalda pálida bajo la vieja colcha de cuadros azules. Y, por supuesto, no la extraño a ella, a ella menos que a nadie. No extraño ni siquiera el tufillo dulce de su cuello, ni su risa de cristales rotos. No extraño ni un poco su mirada, felina, decían todos,  pero que para mí siempre fue de perro lobo, de Husky Siberiano. Nada de eso extraño, porque no puedo, porque es absurdo, porque no hay nada que extrañar de Guanajuato.