A los doce años pasaba toda la mañana del sábado pegada a mi grabadora escuchando el Top 20 de canciones de la semana con un dedo en el botón Play y el otro en Rec. La mayoría de los miles de cassettes que grabé durante mi pubertad se perdieron en fiestas y pijamadas en casa de mis amigas, se los regalé dedicadísimos a mis noviecitos (que nomás fueron dos y sólo uno me besó "de lengüíta") o se extraviaron junto con muchas otras reliquias (como mi colección de etiquetas) en una de las tantas mudanzas de esta vida de nómada que me ha tocado llevar. Todos excepto uno. A estas alturas el Pollo estará pensando que por supuestísimo me refiero a Nimrood de Greenday. Te equivocas Pollito, desgraciadamente ese lo perdí cuando me fuí de Guanajuato a casa de mi mamá o cuando me vine de allá al DF...
El único cassette que aún conservo es Pies descalzos de Shakira. Porque verán, yo de niña no escuchaba a Nina Simone y tampoco fui un baby Mozart, yo escuchaba lo que ponían en el radio, lo que escuchaban mis compañeritas del salón y mis vecinas, pero de todo eso lo que más más más me gustaba era Shakira. Me gustaban sus letras, su manera tan original de impostar la voz, su look rocker, su acento en las entrevistas, me gustaba que estaba gordibuenísima y que no sólo cantara sino que también tocara la guitarra. En fin, era tan pero tan su fan (y no me da penita decirlo) que a los 14 años me compré todo un outfit idéntico al que ella usó en el Unplugged y hasta me teñí el cabello igual.
A mi novio de entonces, que me regaló el primer CD de Shakira que tuve en la vida, le canté montones de veces Tú cuando éramos felices y Moscas en la casa cuando peleábamos. Lloré noches enteras escuchando una y otra vez completito Dónde están los ladrones. No recuerdo exactamente por qué lloraba pero recuerdo a la perfección que ese es un disco para llorar agusto, sobretodo, sobretodísimo al escuchar Inevitable.
Fue cuando entré a la universidad que le perdí a Shaki la pista. Mis pretenciones intelectualosas dieciochoañeras me decían que era mucho más chido escuchar música un poco más underground para poder iniciar una conversación sorprendiendo a todo el mundo con la infalible: "¿Has escuchado a (inserte grupo de nombre preferentemente impronunciable)?" Fue así como me alejé de la colombiana y comencé a escuchar músicos "de adeveras" mucho más ad hoc con mi recién estrenado estatus de estudiante de humanidades. Sin embargo, aun que le mentaba la madre en público, en privado seguía viendo MTV y no faltaba la ocasión en que apareciera de pronto en pantalla una rubia, delgadísima y angloparlante Shakira, imagen a la cual yo interpelaba mentalmente con un "¿Qué te has hecho? ¡Vendida!" y ella respondía con un más indignado "Cállate cínica. ¿ Y esos aretes? ¿Y esa ropa de manta? ¿De dónde te salió a ti lo indígena? ¡Vendida tú!" Ruborizadas las dos por nuestras metamorfosis recordábamos de golpe todo el cariño que nos tuvimos y todas las fiestas y todas las lágrimas. Regularmente esos encuentros televisivos terminaban con nosotras sentadas en alguna banqueta del barrio en el que crecí esperando a que saliera el Pollo para irnos a fumar a escondidas o escribiendo poemas horrendos o deseando crecer para irnos lejos a extrañar.
Shakira y yo, pues, siempre nos habíamos perdonado nuestras falsedades. Yo la dejaba mover el culo semidesnudo en paz y ella me dejaba inventarme que a mi desde niña me gustaba Chopin. Yo le perdoné que cada vez estuviera más güera y más flaca y ella me perdonó mi esnobismo, mis aires de grandeza y mi supuesta intelectualidad. Sin embargo, hace meses que de verdad no miro televisión, debido más que nada a que ya no tengo cable, pero todas las mañanas cuando nos estamos arreglando para ir al trabajo mi roomie pone el radio, fue así como escuché hace unos días La loba. Al principio no pude creer que se trataba de Shaki, mi Shaki, pero sí, un mínimo dejo de su antiguo timbre de voz me lo confirmó. Entonces corrí a Youtube a buscar el video y crucé los dedos mientras se cargaba. Al fin lo ví, una y otra vez, con incredulidad, con vergüenza, con tristeza. Shaki, me has roto el corazón. Esta vez no se si puedas perdonarme.
El único cassette que aún conservo es Pies descalzos de Shakira. Porque verán, yo de niña no escuchaba a Nina Simone y tampoco fui un baby Mozart, yo escuchaba lo que ponían en el radio, lo que escuchaban mis compañeritas del salón y mis vecinas, pero de todo eso lo que más más más me gustaba era Shakira. Me gustaban sus letras, su manera tan original de impostar la voz, su look rocker, su acento en las entrevistas, me gustaba que estaba gordibuenísima y que no sólo cantara sino que también tocara la guitarra. En fin, era tan pero tan su fan (y no me da penita decirlo) que a los 14 años me compré todo un outfit idéntico al que ella usó en el Unplugged y hasta me teñí el cabello igual.
A mi novio de entonces, que me regaló el primer CD de Shakira que tuve en la vida, le canté montones de veces Tú cuando éramos felices y Moscas en la casa cuando peleábamos. Lloré noches enteras escuchando una y otra vez completito Dónde están los ladrones. No recuerdo exactamente por qué lloraba pero recuerdo a la perfección que ese es un disco para llorar agusto, sobretodo, sobretodísimo al escuchar Inevitable.
Fue cuando entré a la universidad que le perdí a Shaki la pista. Mis pretenciones intelectualosas dieciochoañeras me decían que era mucho más chido escuchar música un poco más underground para poder iniciar una conversación sorprendiendo a todo el mundo con la infalible: "¿Has escuchado a (inserte grupo de nombre preferentemente impronunciable)?" Fue así como me alejé de la colombiana y comencé a escuchar músicos "de adeveras" mucho más ad hoc con mi recién estrenado estatus de estudiante de humanidades. Sin embargo, aun que le mentaba la madre en público, en privado seguía viendo MTV y no faltaba la ocasión en que apareciera de pronto en pantalla una rubia, delgadísima y angloparlante Shakira, imagen a la cual yo interpelaba mentalmente con un "¿Qué te has hecho? ¡Vendida!" y ella respondía con un más indignado "Cállate cínica. ¿ Y esos aretes? ¿Y esa ropa de manta? ¿De dónde te salió a ti lo indígena? ¡Vendida tú!" Ruborizadas las dos por nuestras metamorfosis recordábamos de golpe todo el cariño que nos tuvimos y todas las fiestas y todas las lágrimas. Regularmente esos encuentros televisivos terminaban con nosotras sentadas en alguna banqueta del barrio en el que crecí esperando a que saliera el Pollo para irnos a fumar a escondidas o escribiendo poemas horrendos o deseando crecer para irnos lejos a extrañar.
Shakira y yo, pues, siempre nos habíamos perdonado nuestras falsedades. Yo la dejaba mover el culo semidesnudo en paz y ella me dejaba inventarme que a mi desde niña me gustaba Chopin. Yo le perdoné que cada vez estuviera más güera y más flaca y ella me perdonó mi esnobismo, mis aires de grandeza y mi supuesta intelectualidad. Sin embargo, hace meses que de verdad no miro televisión, debido más que nada a que ya no tengo cable, pero todas las mañanas cuando nos estamos arreglando para ir al trabajo mi roomie pone el radio, fue así como escuché hace unos días La loba. Al principio no pude creer que se trataba de Shaki, mi Shaki, pero sí, un mínimo dejo de su antiguo timbre de voz me lo confirmó. Entonces corrí a Youtube a buscar el video y crucé los dedos mientras se cargaba. Al fin lo ví, una y otra vez, con incredulidad, con vergüenza, con tristeza. Shaki, me has roto el corazón. Esta vez no se si puedas perdonarme.