17 de septiembre de 2009

niñas que no usaban zapatos

A los doce años pasaba toda la mañana del sábado pegada a mi grabadora escuchando el Top 20 de canciones de la semana con un dedo en el botón Play y el otro en Rec. La mayoría de los miles de cassettes que grabé durante mi pubertad se perdieron en fiestas y pijamadas en casa de mis amigas, se los regalé dedicadísimos a mis noviecitos (que nomás fueron dos y sólo uno me besó "de lengüíta") o se extraviaron junto con muchas otras reliquias (como mi colección de etiquetas) en una de las tantas mudanzas de esta vida de nómada que me ha tocado llevar. Todos excepto uno. A estas alturas el Pollo estará pensando que por supuestísimo me refiero a Nimrood de Greenday. Te equivocas Pollito, desgraciadamente ese lo perdí cuando me fuí de Guanajuato a casa de mi mamá o cuando me vine de allá al DF...

El único cassette que aún conservo es Pies descalzos de Shakira. Porque verán, yo de niña no escuchaba a Nina Simone y tampoco fui un baby Mozart, yo escuchaba lo que ponían en el radio, lo que escuchaban mis compañeritas del salón y mis vecinas, pero de todo eso lo que más más más me gustaba era Shakira. Me gustaban sus letras, su manera tan original de impostar la voz, su look rocker, su acento en las entrevistas, me gustaba que estaba gordibuenísima y que no sólo cantara sino que también tocara la guitarra. En fin, era tan pero tan su fan (y no me da penita decirlo) que a los 14 años me compré todo un outfit idéntico al que ella usó en el Unplugged y hasta me teñí el cabello igual.

A mi novio de entonces, que me regaló el primer CD de Shakira que tuve en la vida, le canté montones de veces cuando éramos felices y Moscas en la casa cuando peleábamos. Lloré noches enteras escuchando una y otra vez completito Dónde están los ladrones. No recuerdo exactamente por qué lloraba pero recuerdo a la perfección que ese es un disco para llorar agusto, sobretodo, sobretodísimo al escuchar Inevitable.

Fue cuando entré a la universidad que le perdí a Shaki la pista. Mis pretenciones intelectualosas dieciochoañeras me decían que era mucho más chido escuchar música un poco más underground para poder iniciar una conversación sorprendiendo a todo el mundo con la infalible: "¿Has escuchado a (inserte grupo de nombre preferentemente impronunciable)?" Fue así como me alejé de la colombiana y comencé a escuchar músicos "de adeveras" mucho más ad hoc con mi recién estrenado estatus de estudiante de humanidades. Sin embargo, aun que le mentaba la madre en público, en privado seguía viendo MTV y no faltaba la ocasión en que apareciera de pronto en pantalla una rubia, delgadísima y angloparlante Shakira, imagen a la cual yo interpelaba mentalmente con un "¿Qué te has hecho? ¡Vendida!" y ella respondía con un más indignado "Cállate cínica. ¿ Y esos aretes? ¿Y esa ropa de manta? ¿De dónde te salió a ti lo indígena? ¡Vendida tú!" Ruborizadas las dos por nuestras metamorfosis recordábamos de golpe todo el cariño que nos tuvimos y todas las fiestas y todas las lágrimas. Regularmente esos encuentros televisivos terminaban con nosotras sentadas en alguna banqueta del barrio en el que crecí esperando a que saliera el Pollo para irnos a fumar a escondidas o escribiendo poemas horrendos o deseando crecer para irnos lejos a extrañar.

Shakira y yo, pues, siempre nos habíamos perdonado nuestras falsedades. Yo la dejaba mover el culo semidesnudo en paz y ella me dejaba inventarme que a mi desde niña me gustaba Chopin. Yo le perdoné que cada vez estuviera más güera y más flaca y ella me perdonó mi esnobismo, mis aires de grandeza y mi supuesta intelectualidad. Sin embargo, hace meses que de verdad no miro televisión, debido más que nada a que ya no tengo cable, pero todas las mañanas cuando nos estamos arreglando para ir al trabajo mi roomie pone el radio, fue así como escuché hace unos días La loba. Al principio no pude creer que se trataba de Shaki, mi Shaki, pero sí, un mínimo dejo de su antiguo timbre de voz me lo confirmó. Entonces corrí a Youtube a buscar el video y crucé los dedos mientras se cargaba. Al fin lo ví, una y otra vez, con incredulidad, con vergüenza, con tristeza. Shaki, me has roto el corazón. Esta vez no se si puedas perdonarme.

9 de septiembre de 2009

Escampada

Hoy volvió a llover. A las cuatro treinta y siete de la tarde nos golpeó de nuevo el agua y caprichosa hizo su cauce por donde le dio la gana. Un par de salas del museo ostentaron un irrefrenable riachuelo natural, el metro se inundó casi 40 centímetros y la ciudad quedó paralizada por horas debido a los estragos de la tromba.

Como a las seis me atreví a salir del museo cuando ya sólo caían unas plumitas que hacían cosquillas en la nariz. Caminé por la alameda encharcada y semi desierta hasta Bellas Artes que lucía más blanca que nunca. Sólo unos cuantos desconfiados seguían guareciéndose en la entrada pero en lugar de portar el gesto habitual de rehén de la lluvia parecían cómodos platicando contra los pilares.

Las lozas cubiertas de agua formaron un enorme espejo que revelaba a las nubes abriéndose para ofrendar un cielo azulísimo y limpio. El mundo es otro después de la lluvia, pensé, y los versos de René Morales, a quien recién conozco hace unas semanas pero me bastaron dos noches para saber entrañable, salieron musitados de mi boca casi sin darme cuenta:

Le hemos desagradado a Dios hasta la náusea.

Afortunadamente la fiesta ha terminado
y una lluvia suave de noche se tiende sobre las calles.

Como si todo se quisiera lavar.
Como si Dios por alguna razón extraña
insistiera en darnos una segunda oportunidad.

Hoy, frente al azul del cielo derramado sobre el piso, a pesar de mis constantes berrinches y corajes en su contra, a pesar de que me había tenido muy triste en estos días y a pesar incluso de ella misma, yo también le dí una segunda oportunidad a la humanidad.

15 de agosto de 2009

Ulises

Cuando tenía catorce años y usaba todos los días una falda azul a cuadros con calcetas blancas tú te llamabas Miguel. Poco antes de las dos, y justo cuando la monja comenzaba a dictar las tareas para el día siguiente, me asomaba ansiosa por la ventana del salón encontrarte sentado al otro lado de la calle fumando bajo un árbol. Entonces, aliviada, guardaba mis libretas cubiertas de estampitas y letreros que rezaban tu nombre en las últimas páginas, me untaba los labios con brillo de fresa y me subía la falda para descubrirte mis muslos pálidos que en ese entonces apenas te dejaba tocar. Cruzaba la puerta del colegio y sorteaba a las compañeras que se amontonaban alrededor de los vendedores de raspados y jícamas con chile, cruzaba después la calle y el camellón y las mamás tocaban el claxón para apurar a las nenas que no terminaban de despedirse. Llegaba casi hasta a ti que repasabas distraído algún libro de derecho, me paraba en seco unos pasos antes para dejar que me vieras completa, cuando te llamabas Miguel te gustaba verme de lejos. Tiempo después, cuando mis muslos eran ya provincias de tu imperio, te levantabas de la cama y te recargabas en la pared para mirarme. No te muevas, me decías, quédate quieta, sólo me levanté para contemplarte. Siete años te llamaste Miguel, siete años esperé que dieran las dos de la tarde y luego las siete cuando salías del despacho y esperé que tocaras a mi puerta cada sábado para ir a rentar películas, esperé quieta mientras me mirabas y esperé a que terminaras y esperé cuando quisiste tiempo y esperé cuando volviste una y muchas veces. Esperé después que me buscaras, aún cuando sabía que no lo harías, o que te aparecieras un día con tu cigarro en la oreja afuera de mi Facultad y yo aburrida del poema del Mio Cid volteara hacia la calle y chocara contigo. Y seguí esperando aunque ya no te llamabas Miguel, aunque ya no tenías nombre ni rostro, ni olor a tabaco. Yo te esperaba.

Después te llamaste Josué. Entonces mis ganas aún buscaban su causa y su cauce. Pasábamos tardes enteras discutiendo de cualquier cosa, nos encantaba llevarnos la contraria. Yo te acusaba de reaccionario y tú te burlabas de mi idealismo ingenuo, me explicabas como funcionaban en realidad las cosas, desde los sistemas políticos hasta mi computadora. Dijiste una vez que todo tenía una explicación menos yo. Te gustaba cuando te preguntaba cosas, cuando llegaba de la universidad y te decía que había estado pensando en ésto y en aquéllo y que quería saber tu opinión. Yo te leía poesía y tú decías que no la comprendías, tú me leías las noticias y yo te replicaba lo mismo. Luego nos besábamos y todo lo demás eran sólo palabras. Inventamos una señal secreta para decirnos que nos queríamos en público sin que nadie se enterara y nos divertíamos alterándola, al final habíamos creado casi todo un lenguaje de señas sólo para nosotros. Recuerdo que te observaba en las reuniones a las que íbamos. Siempre rodeado de chicas que no paraban de reír y también de sonreírte al escucharte. Esperaba que me hicieras esa señal a lo lejos, adivinaba el momento en que levantarías la mano o desviarías la mirada hacia donde yo comenzaba a coser mi mortaja. Cuando te llamaste Josué te gustaba que te cocinara, que te me acostara sobre tus rodillas en el sillón a ver alguna serie y que te cantara antes de dormir. Cuando te llamaste Josué esperaba que llegaras todos los días con la mesa puesta, esperaba un mensaje, una llamada cuando nos separábamos cada fin de semana, esperaba que me acompañaras un día con mis amigos, que conocieras a mi padre, que viajáramos juntos a todos esos lugares que planeamos, esperaba que te fueras a acostar y a veces amanecía y tú seguías en el escritorio y yo muerta de frío. Esperaba que recordaras que el de cajeta era mi helado favorito. Aún cuando tomé mi maleta y dejaste de llamarte Josué me fui esperándote.

Desde entonces quise ponerte varios nombres, Antonio, Christian, Alejandro... ninguno te ajustaba del todo. Esperaba frente a mi computadora a que tu estado cambiara a conectado en el chat o en el jardín de casa de mi madre a que tocaras el claxon, tejía y destejía mis esperanzas mirando la pantalla, el reloj, el celular, la ventana... Luego pasó que dejé de esperarte, que abandoné la posibilidad de que aparecieras y me dediqué a terminar de una vez mi sudario. Pero sabía en el fondo, como presagio inevitable, que un día, en contra de todo pronóstico e incluso de mi propia voluntad, te reconocería de nuevo entre la gente. Y tú al mirarme entenderías de inmediato que otra vez me habías encontrado y que sólo así podrías volver a dejar Itaca, porque sabes que estoy aquí, esperando.

2 de agosto de 2009

No extraño, no puedo extrañar Guanajuato. No hay nada que extrañar de Guanajuato. Guanajuato sucio, herrumbroso, rancio. Guanajuato alcantarilla, jaula pétrea, inmenso vientre de barro que lentamente nos cocina. No, no puedo extrañar la pintura desprendiéndose como piel muerta de los callejones, las nubes de moscas y la mierda de los perros. Sería una necedad sentir nostalgia por los índices contaminados y moralinos, por los rezos de las señoras a las tres de la tarde, por el rencor del que se alimentan mis primeros años.

No, no extraño el aliento de mi casa, el moho incombatible que se te pegaba incluso a los huesos, ni el olor a guayaba podrida de mi patio. Ni las heladas mañanas en esa herida de la sierra que era mi facultad, cuando la neblina hacía que todo pareciera un sueño. No extraño tampoco a mis amigos, los pocos, ni aun el consuelo, esa comprensión infinita que ofrece la boca húmeda de una caguama compartida al borde del alba. No lo extraño a él, el único que pasó en silencio su mano a lo largo de mi cara y la detuvo certera sobre mi pecho. Porque es estúpido extrañar su espalda pálida bajo la vieja colcha de cuadros azules. Y, por supuesto, no la extraño a ella, a ella menos que a nadie. No extraño ni siquiera el tufillo dulce de su cuello, ni su risa de cristales rotos. No extraño ni un poco su mirada, felina, decían todos,  pero que para mí siempre fue de perro lobo, de Husky Siberiano. Nada de eso extraño, porque no puedo, porque es absurdo, porque no hay nada que extrañar de Guanajuato.